Nuevo potencial estratégico en Asia: “Design with Japan, Make in India

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| 23 de Septiembre, 2026

 

Históricamente, Tokio construyó su influencia en torno a la tecnología, el comercio, las finanzas e infraestructura, y una alianza directa con Estados Unidos, manteniendo una política de defensa condicionada por la experiencia de la Segunda Guerra Mundial y por las restricciones constitucionales posteriores; pero la creciente presión militar de China, los avances nucleares y misilísticos de Corea del Norte, la actividad de Rusia alrededor del archipiélago y la incertidumbre sobre el compromiso estadounidense están impulsando a Japón hacia una posición mucho más activa en materia de defensa, energía, tecnología y seguridad económica. Hoy Japón está intentando convertirse en un aliado con mayor capacidad propia, reduciendo la brecha entre su dependencia de Estados Unidos y su capacidad para actuar autónomamente ante una crisis.

El problema estratégico es evidente. Japón se encuentra frente a China, Rusia y Corea del Norte, tres Estados con capacidades militares relevantes y con capacidades nucleares. El ministerio de defensa japonés identifica específicamente la actividad China en el Mar de China Oriental y el Pacifico, la modernización militar norcoreana y el despliegue de fuerzas rusas alrededor de Japón como parte del deterioro del entorno de seguridad, mientras en agosto del 2026 Tokio volvió a protestar ante nuevos lanzamientos de misiles norcoreanos y ordenó reforzar la vigilancia mediante la cooperación estrecha con Estados Unidos y Corea del Sur. Por esto, el escenario actual obliga a Japón a prepararse para una crisis en Taiwán, una amenaza misilística norcoreana y una expansión naval china.

La cuestión de Taiwán es particularmente importante para Japón, primero porque se encuentra geográficamente más cercano a la isla que Estados Unidos, en tanto cualquier alteración del equilibrio en el estrecho tendría consecuencias directas sobre su propia seguridad. Las declaraciones de Sanae Takaichi sobre que una eventual agresión China contra Taiwán podrían constituir una amenaza existencial para Japón, provocando un deterioro inmediato de las relaciones con Pekín. Sin embargo, a mediados de agosto, una delegación parlamentaria japonesa viajó a China para intentar recomponer canales diplomáticos después de la escalada, exponiendo la necesidad de Japón por fortalecer la disuasión frente a Pekín sin cerrar completamente los canales económicos y diplomáticos con su principal vecino. La geografía explica parte de la política japonesa con China porque Japón es un archipiélago dependiente del comercio marítimo para obtener energía, alimentos y materias primas, mientras su cadena de islas constituye uno de los principales obstáculos geográficos para la expansión naval china hacia el Pacifico Occidental. A su vez, Japón es un actor central de la denominada primera cadena de islas de contención sobre China junto con Taiwán y Filipinas; pero Tokio no pretende defender solo sus aguas sino que está construyendo capacidades para operar aún más lejos y mejorar la coordinación con Australia, India, Filipinas y otros socios de la región en coalición al QUAD.

Esta transformación militar coincide con el objetivo nipón de recuperar la autonomía tecnológica y el aumento de estrategias de inversión. La política industrial vuelve a considerar los semiconductores, inteligencia artificial, robótica, computación cuántica, biotecnología y el espacio como sectores de seguridad económica. El caso de Rapidus es ilustrativo, ya que en junio del 2026 el gobierno de Japón realizó una inversión de 150.000 millones de Yenes en empresas, después de otra aportación estatal de 100.000 millones de Yenes en febrero, mientras que capitales privados entre febrero y junio superaron los 167.000 millones de Yenes. El proyecto busca construir capacidad doméstica para producir semiconductores avanzados, reduciendo vulnerabilidades frente a posibles interrupciones externas, recuperando una posición dentro de una industria que Japón dominó décadas atrás.

En términos energéticos, Japón importa prácticamente todos sus combustibles fósiles y sigue siendo absolutamente vulnerable a shocks externos de petróleo y gas. La experiencia de Fukushima colocó a la energía nuclear como un tema delicado, pero ante el auge de las tensiones con China, obligó a Japón a considerarla como instrumento de seguridad y esto se visibiliza en el Séptimo Plan Estratégico de Energía, combinando una expansión importante de energías renovables y una recuperación importante de la generación nuclear, junto con medidas para aumentar la resiliencia de las redes eléctricas. Ahora bien, esta transición energética ocurre con un problema macroeconómico más complejo, ya que Japón está pasando por décadas de deflación y tipos ultra bajos a una economía donde la inflación y los salarios están cambiando estructuralmente. 

El FMI proyecta un crecimiento de apenas un 0,8% para el 2026 y un 0,6% para el 2027, pero señala que la demanda doméstica y la inversión privada continúan resistentes. Los salarios nominales crecen y la escasez de trabajadores aumenta, mientras el Banco de Japón avanza hacia una política monetaria más restrictiva. Por lo tanto, el problema para Tokio es comprender que una moneda débil puede ayudar a los exportadores, pero encarece energía y alimentos importados, y si bien una política monetaria más dura protegería el Yen, también aumentaría el costo financiero en una economía altamente endeudada.

La demografía es el problema de fondo. En agosto de 2026 Japón tenía alrededor de 122,68 millones de habitantes, 590.000 menos que un año antes. La población de 15 a 64 años cayó aproximadamente 265.000 personas, mientras la de 75 años o más aumentó a casi 480.000. Los extranjeros ya representan alrededor de 3,82 millones de habitantes y están creciendo más del 7% interanual, lo cual obliga a Japón a balancear entre inmigración selectiva, automatización y aumento de la productividad, mientras a diferencia de Australia, Canadá o EE.UU., Japón continúa siendo mucho más restrictivo con la inmigración permanente y busca suturarlo mediante ingeniería sofisticada aplicable a la implementación de robots funcionales, IA, automatización industrial y servicios digitales.

Japón está intentando a la vez, fortalecer su industria de seguridad defensiva. El aumento presupuestario prioriza sistemas no tripulados, armas de largo alcance, defensas integradas aéreas, antimisiles y operaciones en múltiples dominios. Paralelamente, Tokio está ampliando cooperación industrial con India, incluyendo mantenimiento naval, desarrollo conjunto de buques y tecnologías de defensa bajo una fórmula que Japón denomina bajo el lema “Design with Japan, Make in India”. En el aspecto nuclear, Japón coherentemente mantiene una política de no proliferación y continua bajo el paraguas de disuasión estadounidense, aunque el dominio tecnológico, industrial y científico le proporciona una importante capacidad latente. En el ámbito civil, Tokio está acelerando el retorno de la energía nuclear como componente de seguridad energética. En materia espacial, sabemos que a su vez cuenta con importantes capacidades satelitales, de observación y lanzamientos, y participa activamente con Estados Unidos en la coordinación de sistemas de alerta, navegación y vigilancia.

Finalmente, comprendiendo que la estrategia exterior japonesa se apoya cada vez más en el soft power y en la influencia económica, se torna relevante visualizar alianzas con un actor que cuenta con los principales proveedores de infraestructura, financiamiento y tecnología para Asia, mientras utiliza esa ventaja para ampliar su influencia en el ASEAN, India y el Pacifico. La estrategia hacia el Sudeste Asiático, por ejemplo, busca presentar una alternativa a la infraestructura china mediante inversión, transferencia tecnológica y cooperación marítima. Para Japón, esto es fundamental porque la seguridad de sus cadenas de suministros depende directamente de la estabilidad de Vietnam, Indonesia, Filipinas, Malasia y Singapur y su diplomacia ya no consiste solamente en exportar capital, sino que busca construir un entorno regional y vincular en donde tanto los Estados, como asimismo actores comerciales y financieros privados, cuenten con suficientes incentivos para mantener abiertas las rutas comerciales, junto con la posibilidad de generar nuevos acuerdos.

- Nicolás Figueroa.

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