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24 Abr 2026 |

Reconfiguración del comercio global: ¿el fin del orden liberal?

Artículo Periodístico

Durante gran parte de las últimas décadas, el comercio internacional funcionó bajo un conjunto estable de reglas, instituciones y expectativas compartidas que lograron una expansión sostenida de bienes, servicios y capitales a nivel global. Este orden, articulado en organismos multilaterales y acuerdos o principios como la “liberalización progresiva, la no discriminación económica y la resolución institucionalizada de disputas”, constituyó uno de los pilares del proceso de globalización contemporáneo. Sin embargo, hoy ese marco normativo está enfrentando un proceso de erosión progresivo que pone en cuestión su capacidad para garantizar el ordenamiento de la economía global.

La crisis del sistema comercial global no puede comprenderse como un fenómeno aislado ni coyuntural, sino como parte de una transformación en la estructura del sistema internacional. Desde la Economía Política, comprendemos que la estabilidad del sistema depende fuertemente de la existencia de potencias capaces de proveer reglas claras, mecanismos de arbitraje y márgenes de sostenibilidad en la apertura de mercados. Es decir, los “períodos internacionales” se sostienen en momentos de liderazgos claros de potencias dominantes, y podemos decir que durante la segunda mitad del Siglo XX y comienzos del Siglo XXI, este rol de liderazgo fue encabezado por los Estados Unidos, cuya economía, sistema financiero y capacidad militar permitieron sostener el sistema multilateral de comercio.

Pero es acá donde aparece un nuevo jugador: China. El ascenso del gigante asiático como una potencia económica global generó tensiones estructurales en el esquema estadounidense, dado que a diferencia de la integración de economías anteriores al orden liberal americano, China no aplicó una convergencia total hacia los principios institucionales promovidos por Occidente, lo cual generó fricciones persistentes en áreas como subsidios industriales, propiedad intelectual y el acceso completo a mercados.

Este proceso derivó en una creciente politización del comercio internacional, y actualmente la disputa entre Estados Unidos y China ya no se limita solo a la competencia económica tradicional, sino que se ha transformado en una rivalidad estratégica por el control de sectores tecnológicos clave, cadenas de suministros críticos y estándares globales. En este contexto, surgen medidas arancelarias, restricciones a la exportación tecnológica y se gestionan políticas industriales bajo un lugar central en la política económica de las principales potencias, revirtiendo parcialmente la lógica de liberalización caracterizada por el orden liberal anterior.

El primer síntoma que podemos señalar es la parálisis del sistema de resolución de disputas de la Organización Mundial del Comercio. Desde finales de los 2010, el bloqueo en la designación de jueces para el órgano de apelación ha limitado su capacidad para arbitrar conflictos comerciales, debilitando así uno de los mecanismos centrales que garantizaban la previsibilidad de todo el sistema. Actualmente, en ausencia de esta autoridad, los Estados han comenzado a recurrir a medidas unilaterales o acuerdos bilaterales y regionales, fragmentando el orden comercial global en búsqueda de reforzar alianzas plenamente estratégicas.

La transformación del comercio global también se ve en la reconfiguración de las cadenas de valor. Anteriormente, las grandes empresas optimizaban sus procesos productivos mediante la fragmentación de la producción, enviando parte de la producción de sus productos a Asia, el Sudeste asiático o India. Pero eventos como la pandemia del COVID-19 y las tensiones geopolíticas entre Oriente y Occidente expusieron la vulnerabilidad de estas cadenas simbióticas altamente integradas.

Como resultado, conceptos como el Nearshoring, Reshoring y el Friendshoring ganaron relevancia, reflejando una tendencia global hacia la relocalización de la producción ya no tanto en función del abaratamiento productivo y aprovechamiento de ventajas, sino bajo la priorización de la seguridad, discreción y resiliencia de los sistemas. En efecto, este cambio hacia la seguridad implica una redefinición del equilibrio entre el mercado y el Estado ya que la creciente intervención estatal en sectores “estratégicos” implica que el Estado está volviendo a tomar un rol de liderazgo de la economía, orientando la estabilidad interna y societaria por sobre la profundización de la integración global.

En todo este contexto de cambio, la Unión Europea enfrenta el desafío de navegar entre potencias mientras intentan preservar el antiguo modelo basado en reglas claras. La estrategia europea ha combinado la defensa del multilateralismo con el desarrollo de regulaciones propias en sectores como la competencia, la protección de datos y el comercio digital, buscando proyectar y sostener el poder normativo en un mundo cada vez más fragmentado.

Para economías emergentes como la Argentina, la fragmentación del comercio global es un problema como una oportunidad, ya que, por un lado, la incertidumbre normativa y la creación de barreras arancelarias pueden dificultar la inserción del país a los diversos mercados regionales o individuales en surgimiento; por otro lado, la reconfiguración de las cadenas de valor y suministros, pueden darle al país espacios provechosos para ofrecer recursos y ventajas productivas que carecen en zonas conflictivas. Es por eso que en gran medida la región latinoamericana es la nueva zona de influencia crucial para EE.UU. y la Unión Europea, incluso cuando el aprovechamiento de variables depende del manejo de factores independientemente desafiantes en cada Nación. Para estos fines, la inserción exitosa no solo necesita de acceso a mercados, sino también infraestructura, estabilidad macroeconómica y marcos regulatorios previsibles.

En última instancia, la aparente ausencia de reglas claras en el comercio global no implica necesariamente un vacío normativo total, se trata de una transición hacia un orden fragmentado, donde múltiples Estados compiten por definir sus propias reglas de juego. Este escenario no marca el fin del comercio internacional como lo conocemos, pero sí marca el fin de una etapa ejercida bajo el consenso institucional y la previsibilidad global. Por lo tanto, la evolución del sistema internacional dependerá del calibre de las principales potencias a través de su capacidad para articular nuevos mecanismos de gobernanza que equilibren competencia, cooperación e incentivos. En el contexto actual de rivalidad estratégica, es probable que el comercio internacional continúe bajo esta lógica híbrida, instrumentada bajo la disputa por dominar nuevas formas de liderazgo dentro del sistema internacional.

- Nicolás Figueroa.

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