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17 Dic 2025 |

Inversiones y reacomodamiento político: Giro a la derecha en LATAM

| Artículo periodístico

América Latina parece estar entrando en un ciclo político distinto, más pragmático, más económico y menos ideológico que en años anteriores. Las señales de un incipiente giro hacia la derecha, o más precisamente, hacia posiciones de centro-derecha funcionales al mercado y al orden, no deben leerse como un simple retorno al neoliberalismo de los años 90 ni como una copia tardía de experiencias europeas. Se trata de un reacomodamiento que responde a causas profundas: una fatiga estructural del modelo progresista, una demanda social creciente por seguridad, una crisis de confianza en el estado, un cambio generacional en el electorado urbano y la presión simultánea de geopolítica, deuda, inflación y criminalidad. En este escenario, los mercados internacionales interpretan que América Latina podría estar reorientándose hacia políticas más predecibles, austeras y propicias para la inversión, lo cual despierta expectativas, pero también riesgos.

Para comprender este fenómeno es necesario recurrir a marcos teóricos como los ciclos políticos de Adam Przeworski, que explican cómo las sociedades tienden a alternar entre modelos redistributivos y modelos disciplinarios según las crisis acumuladas; o la teoría de Albert O. Hirschman sobre “las voces y las salidas”, donde los votantes cambian de opción política cuando sienten que las élites gobernantes ya no responden a sus demandas mínimas. En esta etapa, la región expresa claramente un movimiento desde la “voz progresista” hacia un intento de “orden y estabilidad”, una inclinación que no siempre deriva hacia la derecha tradicional, pero si hacia alternativas que prometen disciplina fiscal, modernización productiva y mayor control sobre la criminalidad.

El agotamiento del ciclo progresista es uno de los motores fundamentales. Inspirados en los éxitos de principio de los 2000, muchos gobiernos progresistas mantuvieron políticas expansivas incluso cuando los precios de las materias primas comenzaron a caer. La alternativa era políticamente difícil: limitar el gasto y enfrentar el costo electoral. Así, varios países terminaron atrapados en déficits persistentes, subsidios insostenibles, inflación creciente y un estado sobredimensionado. A ello se sumaron casos de corrupción, estancamiento económico y una distancia cada vez mayor entre la narrativa redistributiva y las capacidades reales del gobierno. Brasil atravesó una década de baja productividad y alta conflictividad; Argentina vivió ciclos inflacionarios crónicos y crisis de reservas; Chile experimentó un quiebre social inesperado que puso en cuestión su modelo de crecimiento; Perú enfrentó un colapso institucional; Colombia sufrió tensiones entre reformas ambiciosas y restricciones fiscales. La suma de estas experiencias terminó erosionando la legitimidad de los proyectos progresistas, que hoy enfrentan dificultades para atraer a un electorado más demandante y menos paciente.

A esta fatiga económica se le suma un factor aún más determinante: la seguridad. América Latina es hoy la región más violenta del mundo en tiempos de paz para la región. Países como Ecuador, México, Honduras, Venezuela y partes de Brasil experimentan presencia del crimen organizado con capacidad para disputar territorios, cooptar instituciones y condicionar la vida cotidiana. Desde la perspectiva del votante, el orden se volvió prioritario frente a cualquier agenda redistributiva. La teoría del voto económico se combina con la “teoría del votante de seguridad”, en términos de Daniel Ziblatt y Steven Levitsky, sosteniendo que las sociedades, frente a amenazas existenciales, privilegian gobiernos capaces de imponer estabilidad, incluso a costa de libertades. Este fenómeno se evidencia claramente en Ecuador, donde la población apoyó medidas de excepción, o en El Salvador, donde el modelo Bukele (admirado y criticado a la vez) se convirtió en un faro regional. La inseguridad empuja hacia soluciones que muchas veces se identifican con la derecha, aunque no necesariamente provengan de ella.

Los inversionistas, interpretados mediante señales económicas, posicionan una lectura hacia este reacomodamiento como positivo. La región, considerada por años impredecible y dominada por giros populistas, muestra ahora señales de apertura a la inversión privada, acuerdos con Estados Unidos, incentivos al nearshoring y voluntad de establecer reglas fiscales más estrictas. Esto es especialmente evidente en Argentina con las reformas de shock; en Brasil con la estabilidad institucional de su Banco Central; en Chile, que parecería reestabilizar su camino tras años turbulentos; y en Perú y Colombia, donde los contrapesos institucionales limitan propuestas radicales y terminan empujando hacia un centro pragmático.

Al mismo tiempo, la dimensión geopolítica reconfigura el escenario. Estados Unidos busca asegurar su cadena de suministros en un mundo fragmentado, y ve a América Latina como un espacio clave para el nearshoring, especialmente en sectores como Litio, Gas, Cobre, Alimentos y Energías Renovables. China, por su parte, mantiene su influencia mediante financiamiento, infraestructura y demanda de recursos. En este juego, los inversionistas observan que los gobiernos moderados o de centro-derecha ofrecen mas previsibilidad en un momento donde el capital global es escaso y la competencia tecnológica es feroz. La región, por primera vez en años, aparece como un espacio donde se puede “volver a invertir” si se estabilizan las expectativas.

El componente generacional también es clave. La nueva clase media urbana, expuesta a la economía digital, el emprendedurismo y la informalidad estructural, ya no se identifica plenamente con los esquemas tradicionales de izquierda que ponen foco en redistribución sin crecimiento. Este electorado valora movilidad social, acceso a crédito, estabilidad monetaria, previsibilidad fiscal y oportunidades laborales vinculadas a la tecnología. No se trata necesariamente de un electorado “de derecha”, sino de uno profundamente pragmático que puede cambiar de signo político si percibe que una propuesta concreta mejora sus oportunidades.

Sin embargo, seria un error interpretar este proceso como un viraje definitivo. América Latina funciona por ciclos, no por destinos. Si las nuevas derechas (o los gobiernos que se presenten como tales) fracasan en controlar la inflación, aumentar la inversión, generar empleo y reducir la violencia, un nuevo ciclo progresista podría volver con fuerza. La región no es ideológica: es reactiva. Su política responde a decepciones acumuladas. El reacomodamiento actual puede consolidarse o desmoronarse unos años, dependiendo de la capacidad de los gobiernos para administrar expectativas.

En síntesis, lo que se observa hoy no es un retorno automático al neoliberalismo ni un giro ideológico radical. Es una transición provocada por la suma de agotamiento fiscal, inseguridad extrema, tensiones institucionales, cambios geopolíticos y expectativas económicas que exigen un nuevo tipo de liderazgo. Los inversionistas lo leen como una oportunidad, pero la sociedad lo vive como una búsqueda desesperada de orden. El giro hacia la derecha en América Latina no es propiamente un giro: es un ajuste de supervivencia y como todo ajuste de supervivencia, puede convertirse en el inicio de un nuevo ciclo.

- Nicolás Figueroa.

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