
Economía europea: a más de un año del Informe Draghi
La situación económica de Europa atraviesa una fase que excede ampliamente los vaivenes coyunturales y remite a un problema de carácter estructural. El estancamiento del crecimiento, la pérdida de competitividad internacional y el retroceso relativo frente a otras grandes economías no pueden explicarse únicamente por shocks externos recientes, sino que reflejan un agotamiento progresivo del modelo económico y productivo que sostuvo el desarrollo europeo durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX. Ese modelo, basado en una combinación de Estado de bienestar robusto, regulación extensa y crecimiento sostenido, funcionó en un contexto internacional marcado por energía barata, estabilidad geopolítica y liderazgo tecnológico occidental, condiciones que ya no están plenamente vigentes.
En la actualidad, Europa enfrenta una brecha creciente en términos de productividad respecto de Estados Unidos y de las principales economías asiáticas. Mientras estas avanzan con rapidez en sectores estratégicos como la inteligencia artificial, la digitalización, la automatización y las tecnologías de frontera, las economías europeas muestran dificultades persistentes para transformar conocimiento e investigación en innovación comercial a gran escala. La fragmentación regulatoria entre Estados miembros, la escasa tolerancia al riesgo y la limitada disponibilidad de capital para proyectos disruptivos han contribuido a un ecosistema empresarial menos dinámico, donde pocas firmas logran alcanzar el tamaño y la capacidad necesarios para competir globalmente.
La inversión constituye otro eje central del problema. En un contexto de competencia global por capitales, Europa aparece cada vez menos atractiva para proyectos de largo plazo. La combinación de alta presión impositiva, costos energéticos elevados y marcos laborales rígidos reduce los incentivos para nuevas inversiones productivas. Como consecuencia, numerosas empresas europeas optan por relocalizar actividades en regiones con mayores expectativas de rentabilidad y crecimiento, o bien por concentrar sus esfuerzos de expansión fuera del continente. Este proceso no solo limita la creación de empleo y el aumento de la productividad, sino que también erosiona la base industrial europea y su capacidad de sostener cadenas de valor propias.
El entorno geopolítico reciente ha profundizado estas debilidades estructurales. La guerra en Ucrania y la ruptura del vínculo energético con Rusia implican un shock significativo para la economía europea, incrementando los costos de producción y exponiendo la dependencia externa en sectores estratégicos. Al mismo tiempo, la intensificación de la rivalidad entre Estados Unidos y China ha redefinido las reglas de la competencia global, privilegiando políticas industriales activas, subsidios estratégicos y una mayor intervención estatal orientada a asegurar ventajas tecnológicas y productivas. En este nuevo escenario, Europa parece atrapada entre su apego a normas y consensos internos y la necesidad de responder con mayor rapidez y coordinación a desafíos externos cada vez más agresivos.
El núcleo del problema europeo no es exclusivamente económico, sino político e institucional. El diseño de la Unión Europea, basado en la búsqueda de consensos amplios entre Estados con intereses nacionales divergentes, dificulta la adopción de reformas profundas en tiempos acotados. Las democracias europeas, además, enfrentan sociedades envejecidas y electorados reticentes a aceptar cambios que impliquen costos inmediatos, aun cuando estos se presenten como necesarios para sostener la competitividad futura. En este contexto, las reformas estructurales tienden a diluirse en procesos graduales, insuficientes para revertir tendencias de largo plazo.
Desde una perspectiva de economía política comparada, puede afirmarse que Europa se encuentra ante una disyuntiva histórica. Mantener intacto su modelo social sin adaptarlo a las nuevas condiciones globales implica el riesgo de consolidar un declive relativo, administrado pero persistente, en el cual la Unión conserve altos estándares regulatorios y de bienestar, pero pierda peso económico, tecnológico y estratégico. Por el contrario, avanzar hacia una reforma del modelo productivo y del marco institucional supone asumir tensiones políticas, redistributivas y sociales que desafían los consensos que históricamente sostuvieron el proyecto europeo.
En el balance general, la trayectoria reciente sugiere que Europa ha tendido más a gestionar su declive que a revertirlo. La ausencia de decisiones contundentes en materia de innovación, inversión, política industrial y coordinación estratégica refuerza la percepción de una Unión que reacciona con lentitud frente a un entorno internacional cada vez más competitivo y polarizado. El interrogante central no es si Europa cuenta con los recursos humanos, tecnológicos y económicos para recuperar competitividad, sino si posee la voluntad política y la capacidad institucional necesarias para redefinir su modelo de desarrollo. De esa respuesta dependerá si la Unión Europea logra seguir siendo un actor central en la economía global o si se consolida como un espacio altamente regulado, estable, pero crecientemente irrelevante en términos de poder económico y estratégico.
La comparación entre Europa, Estados Unidos y China permite comprender con mayor precisión el carácter estructural del declive económico europeo y las dificultades para revertirlo en el contexto actual. A diferencia de la Unión Europea, tanto Estados Unidos como China han logrado articular estrategias de crecimiento y competitividad adaptadas a un entorno internacional marcado por la rivalidad geopolítica, la aceleración tecnológica y el retorno de políticas industriales activas. Esta divergencia no responde únicamente a diferencias económicas, sino a modelos institucionales y políticos profundamente distintos.
Desde la perspectiva de las variedades de capitalismo, Europa se inscribe mayoritariamente en economías de mercado coordinadas, donde la regulación, la negociación social y la estabilidad institucional ocupan un lugar central. Este modelo favoreció durante décadas altos niveles de bienestar y cohesión social, pero muestra limitaciones crecientes frente a un escenario que premia la velocidad de decisión, la concentración de capital y la asunción de riesgos. Estados Unidos, en cambio, representa el paradigma de la economía de mercado liberal, con mercados de capital profundos, alta tolerancia al fracaso empresarial y una fuerte capacidad para escalar innovaciones tecnológicas. China, por su parte, combina mecanismos de mercado con una planificación estatal estratégica, dando lugar a un modelo de capitalismo dirigido donde el Estado orienta recursos hacia sectores considerados prioritarios.
El rol del Estado también presenta diferencias sustantivas. Estados Unidos, pese a su retórica liberal, ha recurrido crecientemente a políticas industriales explícitas, subsidios y proteccionismo selectivo para fortalecer sectores estratégicos, especialmente frente a la competencia china. China ha hecho de la intervención estatal un pilar central de su estrategia de desarrollo, coordinando inversión, tecnología y comercio exterior. Europa, en cambio, se encuentra condicionada por su propio entramado institucional: reglas fiscales estrictas, consensos lentos y una fuerte orientación regulatoria que dificulta respuestas rápidas y coordinadas. Desde el institucionalismo histórico, esta rigidez refleja trayectorias de largo plazo que, si bien otorgan estabilidad, hoy limitan la adaptación.
En el plano geopolítico, estas diferencias se profundizan. Estados Unidos y China conciben la economía como un instrumento directo de poder estratégico, integrando política industrial, comercio, tecnología y seguridad nacional. Europa, en cambio, tiende a separar estos ámbitos, priorizando la regulación y el multilateralismo incluso en un contexto donde otros actores avanzan con lógicas más confrontativas. Desde el realismo económico, esta asimetría coloca a la Unión Europea en una posición defensiva, dependiente en lo militar, vulnerable en lo energético y rezagada en sectores clave del poder material.
De cara al futuro y en términos de innovación y productividad, las diferencias son evidentes. Estados Unidos ha consolidado un ecosistema donde universidades, empresas tecnológicas, capital de riesgo y Estado interactúan de manera dinámica, permitiendo transformar rápidamente avances científicos en productos comerciales. Desde la economía schumpeteriana, este entorno favorece la “destrucción creativa” y la emergencia constante de nuevas firmas líderes. China, aunque con un esquema distinto, ha logrado avances similares mediante una fuerte inversión pública, protección de mercados internos y políticas industriales agresivas orientadas a la autosuficiencia tecnológica. Europa, en contraste, enfrenta dificultades para escalar la innovación: la fragmentación regulatoria, la aversión al riesgo y la menor disponibilidad de financiamiento limitan la emergencia de campeones tecnológicos capaces de competir globalmente.

- Nicolás Figueroa.







